Una mujer llamada “Vida” camina por la vereda de un lugar lejano;
acostumbrada al estruendo de los hombres y mujeres con prisa, de las voces que
se convierten en instantes, en historias. Esa mujer se siente ajena, perdida,
porque por medio minuto está obligada a detenerse en un silencio profundo;
cualquiera podría pensar que el silencio no culmina en desastre, pero ella está
aterrada.
Aquel día había despertado con una “inquietud” sin estar segura de qué
era; decide no darle importancia así que se viste, se maquilla y se coloca un
listón turquesa en el pelo.
Sigue al pie sus actividades, como ha hecho durante tantos años y como lo
hará mañana, seguramente. Pasan las horas, cae la tarde; como parte de su
rutina, se sienta a la orilla de un sueño, mira a todos pasar, sólo así, mirando
y admirando.
Esa tarde le llamó la atención el caminar de un semejante; para ser más
precisos, el caminar de un hombre. A diferencia del resto que se mantenía en un
andar constante como ella, él iba con prisa,
corría, continuaba con pasos lentos y corría de nuevo.
Ella lo seguía con la mirada, con expresión curiosa, no sabía qué lo
hacía andar de esa manera tan… “irregular”, parecía que huía de algo. Interrumpida
de su rutina decide bajar del sueño, que ahora ha quedado olvidado, para averiguar
el destino de ese hombre; quizás inmerso en su destino está el de ella.
Corre tras de él, lo pierde, vuelve a encontrarlo, se siente cansada,
confundida, pero antes de poder dirigirle una palabra, pierde su rastro; lo ve
pasar junto a ella, anda tras de él para alcanzarlo, maldice, esta vez siente
que lo ha perdido en serio.
De pronto, de un callejón sin iluminación, resurge él y frente a ella,
se detiene.
-¿Quién eres, por qué corres, de qué huyes?- Abrumado, el hombre rompe
el silencio que se ha formado durante varios minutos y contesta. -…Siempre he
andado así, a paso lento o con prisa. Es este el primer instante en que me
detengo.- Ninguno de los dos comprende qué sucede.
Por inercia, retoman el paso, ahora a ritmo lento. Ella le cuenta del
amor, del sabor de los besos, de la piel, del cambio de colores en el cielo
cuando amanece, al atardecer y cuando la noche lo deja en un azul profundo,
casi negro. Habla de mariposas, de aves, de la forma en que la gente se
angustia, llora o ríe. Él sólo la escucha, sonríe de vez en vez y la observa
asombrado.
Después de varias horas, ella hace un último comentario… -No es posible
que no te detengas ni un momento, es por eso que no conoces de lo que te he
hablado.-
Comparten un segundo silencio, él observa el listón turquesa que pende
de su cabello y con un leve movimiento lo arrebata para amarrarlo en su muñeca.
–Estos encuentros, son hermosos y están llenos de ti, “vida” pero no puedo
quedarme. Mi destino es este andar, constante. El tuyo es detenerte y aprender
de todo lo que te rodea.-
El hombre da media vuelta y desaparece tan pronto emprende camino. Es
ahí cuando ella se siente aterrada, en silencio, sin saber que aquel hombre se
llamaba “Tiempo”.
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